sábado, 6 de marzo de 2010

¡ES DE VERGÜENZA!


Es de vergüenza el espectáculo que está dando el Poder Judicial, a tenor del acoso al juez Baltasar Garzón. La justicia está de luto. Si antes los ciudadanos y ciudadanas no nos fiábamos de ella, ahora menos. Creíamos que estábamos en una democracia, que el fascismo pertenecía al pasado y que había muerto con el dictador, que era posible edificar una nueva España basada en la concordia. Pero fuimos imbéciles.
En los primeros años de democracia tuvimos miedo y no nos atrevimos a pedir cuentas. Pensamos que el enemigo era el ejército, que podía levantarse otra vez, y nos equivocamos. El enemigo era el de siempre, el fascismo, la ultraderecha española empecinada en ejercer su derecho de pernada, en seguir sometiendo al pueblo. Si algún militar intentó algo (como la gentuza del 23 F) es porque, más que militares, demostraron ser eso, gentuza fascista. El resto son profesionales, que han asumido el papel que les corresponde en democracia y que están bastante lejos de las telarañas cuarteleras.
Pero no, el enemigo no eran los militares, el enemigo lo constituían esa mezcla de poderes ocultos que en principio parecían callados o que se habían incorporado a la vida democrática, pero que ha resultado que no, que estaban ahí, agazapados, esperando: la Iglesia y sus sociedades secretas (el Opus, los Legionarios de Cristo, los unos y los otros, ...), las grandes fortunas significadas con el franquismo, los antiguos franquistas y sus descendientes, esos fascistas de antaño reconvertidos a demócratas, ...
Tuvimos miedo y aceptamos que la nueva sociedad democrática tenía que reconstruirse sobre la base del perdón (¡imbéciles que fuimos!), que no había que pedir cuentas y que había que perdonar todo. Fuimos tan tontos que aceptamos una ley de punto final, que nos impusieron los franquistas. Fuimos tan tontos que, en lugar de exigir a nuestros asesinos que nos pidieran perdón, les pedimos perdón nosotros a ellos. Fuimos tan tontos que no nos atrevimos a hablar de nuestros muertos, perdidos en fosas comunes ignoradas, en cunetas de las carreteras, ...
Cuando los países latinoamericanos herederos del fascismo que habíamos exportado (Chile, Argentina, ...) salieron de sus dictaduras, fueron acabando con las leyes de punto final, por considerar que encubrían delitos contra la humanidad, y han ido procesando a los asesinos.
Nuestros jueces iniciaron causas contra los dictadores y todo el mundo aplaudió, porque se trataba de dictadores ajenos. Aquí, los propios, seguían intocables. En Italia, en Alemania, se persiguieron los actos nazis y fascistas. Aquí no.
Ha tenido que llover mucho para que viniera un gobierno que sacara adelante una Ley de Memoria Histórica, muy limitada y blanda por cierto, pero al menos una herramienta para iniciar la recuperación de nuestra historia y la regeneración democrática siempre pendiente. Porque sólo cuando los errores del pasado se asumen como tales, es posible construir un futuro sólido, sin rencillas, basado en la solidaridad.
Pero nuestros muertos son muertos malditos. Franco los fusiló acusándolos de rebeldes, cuando el rebelde fue él, y siguen siendo enemigos molestos. Los obstáculos para que las familias puedan recuperar los restos de los suyos son enormes. Hay un poder en la sombra que tiene mucha fuerza y lo impide.
El intento del juez Garzón para devolver las cosas a su sitio ha destapado todo. El Estado democrático no es tal y hace aguas. La teoría de Montesquieu, al menos en nuestro país, es obsoleta. Hay un poder legislativo elegido por el pueblo, hasta ahí todo bien, nada que objetar. Hay un poder ejecutivo que emana de los resultados de ese legislativo y que, por tanto, puede considerarse totalmente democrático, perfecto, nada que objetar.
Pero hay un poder judicial. Un poder judicial que no es elegido por el pueblo. Unos jueces que se eligen entre ellos mismos o que son puestos por los partidos para defender sus intereses. Unos jueces que tienen un poder ilimitado (todo el del Estado) porque pueden encausar, procesar, juzgar y condenar a los miembros de cualquier otro poder. Es decir, el poder judicial está muy por encima de los demás, nadie puede entrar en la mecánica de funcionamiento de ese poder (más que autónomos son impenetrables) y son todopoderosos. Pero encima no son elegidos democráticamente y tampoco ajenos a la política, aunque la Constitución dice que deberían serlo, y por tanto tampoco imparciales. Desde el momento en que los jueces se alinean en progresistas y conservadores, dejan de ser imparciales.
Es de vergüenza porque ahí es donde entran los poderes ocultos. Tras los años de gobierno de Felipe González, la derecha recuperó el poder. Pero no lo hizo de forma limpia, sino apoyándose en campañas muy bien orquestadas (con mucha labor de secretismo y de "operaciones sucias"). Sin embargo, la izquierda volvió a ganar y ellos declararon la guerra sin cuartel desde el primer día.
Hemos visto cómo la Iglesia está organizando movilizaciones muy bien planificadas y enlazadas con una estrategia conjunta (¡quién nos iba a decir que íbamos a ver a nuestros obispos con gorrita, en plan pandillero!), estamos viendo algunos movimientos sospechosos de poderes económicos, en la crisis actual, para que no se encuentren soluciones. Hemos visto la toma del poder judicial por parte de la derecha. Estamos viendo una oposición que descalifica y nada aporta.
Pero hay algo que me preocupa mucho, y es lo que me parece más de vergüenza. Volviendo al poder judicial vemos que la ultraderecha ha sido muy hábil copándolo, que está actuando siguiendo una estrategia muy bien planificada, desde la sombra y que nos está ofreciendo el espectáculo bochornoso de que se están produciendo actuaciones para favorecer a los sinvergüenzas, a los chorizos, mientras que se intenta inculpar a personas honestas.
Por eso, creo que hay que afirmar que nuestra justicia está de luto. Que es de vergüenza que unos jueces alineados con el pensamiento del pasado, obedientes con el poder en la sombra que les ha puesto o sencillamente envidiosos, carguen contra el único juez que ha tenido los arrestos suficientes para pedir que se encausara a los asesinos, a los genocidas, a los que se levantaron contra el gobierno legítimo de la República Española, para pedir que, de una vez por todas, se entregaran los restos de los asesinados a sus familiares.
Es de vergüenza que el Tribunal Supremo esté abriendo sus puertas a los chorizos del caso Gürtel o a los falangistas (que deberían estar proscritos, por golpistas y asesinos) contra un juez cuyo único delito ha sido investigar el crimen e intentar hacer justicia.
El juez Garzón tendrá sus fallos, como cualquier humano, pero cuando investigó el GAL o los casos de corrupción que salieron al final del mandato de Felipe González, nadie lo cuestionó. ¿Cuando se trata de investigar el franquismo sí? ¿Ha muerto Franco o sigue vivo? Es de vergüenza que el Consejo General del Poder Judicial se esté aprestando para inhabilitar a Garzón en cuanto le sea posible. Es de vergüenza que haya una Sala del Tribunal Supremo, más que contaminada, que sea la que tenga que decidir sobre Garzón. Es de vergüenza que el instructor sea un juez que tiene una manifiesta envidia y enemistad hacia Garzón. Es de vergüenza que nadie haga nada para evitar tamaño desaguisado. Es de vergüenza el espectáculo zafio, arbitrario, cutre y maloliente que nos están dando nuestras altas instituciones judiciales.
Es de vergüenza que algunos jueces dóciles con quien los puso en el cargo antepongan los intereses de esos grupos de presión a la equidad que debe presidir la actuación de cualquier juez. Es de vergüenza que el Héroe de Perejil y algunos elementos de su entorno puedan manejar los destinos de este país sin haber sido avalados por las urnas.
Porque el ataque a Garzón no sólo es contra Garzón. El proceso contra Garzón es un proceso contra la democracia, un proceso contra todos los españoles y españolas de bien. Un proceso contra la libertad, que indica que el fascismo en este país no ha muerto, que sigue muy vivo.
¡Es una vergüenza!

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